¿Por qué vi La mal­di­ción de Hill Hou­se si a mí so­lo me dan mie­do tres co­sas?

  1. - El he­cho de que mi ve­cino, ese que po­ne la mú­si­ca al­ta y de­ja la ba­su­ra en el re­llano du­ran­te días, pue­da vo­tar.
  2. - Los je­fes que di­cen «Aquí no hay je­rar­quías».
  3. - Ir al mé­di­co.
Doctor Nick Riviera

True story!

Un ejem­plo del pun­to tres:

Cklo: –Doc­tor, me due­le aquí.

Mé­di­co: –Bueno… eeh… ten­go en es­te ca­jón unas me­di­ci­nas de mues­tra que lo mis­mo fun­cio­nan…

¡Es por co­sas así que las his­to­rias de mie­do me de­jan in­di­fe­ren­te!

Un día de furia (Falling Down) de Joel Schumacher (1993)

Un día de fu­ria (Fa­lling Down) de Joel Schu­ma­cher (1993)

Y, a la vez, es por es­te mis­mo mo­ti­vo que las con­su­mo…

¡Por­que ten­go que sa­car es­trés por al­gún si­tio!

¡Si no, aca­ba­ré pro­ta­go­ni­zan­do Un día de fu­ria 2!

No me cua­dró el fi­nal de Un día de fu­ria, pe­ro to­do lo de­más, es mi vi­da tal y co­mo pa­sa en mi ca­be­za.

Aaaand por eso vi La mal­di­ción de Hill Hou­se.

Por eso, ¡y por­que la no­ve­la ori­gi­nal es de la GRAN Shir­ley Jack­son!

Shirley Jackson

Shir­ley Jack­son.

¿Que quién es Shir­ley Jack­son?

Pues una es­cri­to­ra de te­rror pio­ne­ra que in­flu­yó, en­tre otros, al fa­mo­so Step­hen King: cos­tum­bris­mo, pue­ble­ri­nos y mal ro­lli­to psi­co­ló­gi­co.

A ver, una co­sa sí hay que te­ner en cuen­ta: la tra­ma de la se­rie no tie­ne na­da, o ca­si na­da, que ver con la del li­bro. Pe­ro, en mi opi­nión, Fla­na­gan –crea­dor de la se­rie– de­ja in­tac­ta la sim­bo­lo­gía de la obra de la Jack­son.

La maldición de Hill House (The Haunting of Hill House), serie creada por Flanagan en 2018 para Netflix.

La mal­di­ción de Hill Hou­se (The Haun­ting of Hill Hou­se), se­rie crea­da por Mi­ke Fla­na­gan en 2018 pa­ra Net­flix.

Y ¿cuál es la sim­bo­lo­gía de La mal­di­ción de Hill Hou­se?

¿De qué nos ha­bla?

Ve­nid con la ti­ta Cklo, que os cuen­to…

EL JOVENCITO FRANKENSTEIN (1974)

«Ten­ga, ayú­de­se» ¿Quién no re­cuer­da es­te gag? El jo­ven­ci­to Fran­kens­tein (Young Fran­kens­tein, 1974)

HOGAR, DULCE HOGAR

En­ter el ma­tri­mo­nio Crain: el ni­ño de E.T. de adul­to y su es­po­sa pre­ten­den su­bir­se al ca­rro de la es­pe­cu­la­ción in­mo­bi­lia­ria.

¿Có­mo?

Pues com­pran­do una gan­ga de man­sión que se cae a pe­da­zos, re­for­mán­do­la y re­ven­dién­do­la por el do­ble.

Reparto de Hill House

De izq. a der. Henry Tho­mas co­mo Hugh Crain, Car­la Gu­gino co­mo Oli­via Crain y, por úl­ti­mo, los cin­co hi­jos de la fe­liz pa­re­ja. ¿Có­mo los man­tu­vie­ron? ¡Nun­ca se les veía tra­ba­jar!

Peee­ro la ca­sa no los ha­rá ri­cos, por­que Hill Hou­se es­tá un po­co mal­di­ta.

«¡Cla­ro, coi!», les gri­té yo des­de mi so­fá, ta­za de vino ma­lo en mano y pi­ja­ma pues­to. «¡Por eso era ba­ra­ta la ca­sa es­ta! ¡Por eso son ba­ra­tas TO­DAS las ca­sas de las pe­lis de mie­do!»

AHS: ROANOKE (2016)

Otra ca­sa pe­li­gro­sa a la ven­ta. ¿Qué pre­fe­rís? ¿Un zu­lo «ideal pa­re­jas» a pre­cio de oro en la ciu­dad, o una ca­sa en te­rri­to­rio de fan­tas­mas ca­brea­dos? (AHS: Roa­no­ke, 2016, pa­ra FX)

Hay mu­chas his­to­rias de mie­do don­de el te­ma cen­tral es «la ca­sa».

¿Por qué?

Las ca­sas, en­can­ta­das y sin en­can­tar, sim­bo­li­zan la psi­que.

La ca­sa es el pri­mer re­cin­to de la per­so­na. Sus ele­men­tos fí­si­cos par­ti­cu­la­res con­for­man el desa­rro­llo men­tal de la per­so­na.

John Truby, guio­nis­ta y au­tor de Anato­mía del guion.

Va­mos, que la ca­sa es el re­fle­jo del es­ta­do in­terno de quien la ha­bi­ta. De to­do lo cons­cien­te e in­cons­cien­te en su men­te.

De to­dos los pen­sa­mien­tos, ideas e im­pul­sos que sa­be que tie­ne, y los que no sa­be que tie­ne.

La ca­sa es un con­jun­to de es­tan­cias, y es­to es im­por­tan­te: ca­da es­tan­cia sim­bo­li­za una par­te de no­so­tros mis­mos.

PSICOSIS (PSYCHO)

Un só­tano «ideal pa­re­jas»: el de Psi­co­sis (Psy­cho, de Al­fred Hitch­cock, 1960)

Por ejem­plo, ese lu­gar ba­jo tie­rra, lleno de tras­tos y más su­cio que la ore­ja de un man­co: ¡el só­tano!

El só­tano re­pre­sen­ta to­do aque­llo que en­te­rra­mos den­tro nues­tro: los trau­mas, los re­cuer­dos ol­vi­da­dos, los se­cre­tos.

En opo­si­ción, el áti­co: un lu­gar cons­trui­do en lo más al­to que te per­mi­te ver con pers­pec­ti­va el mun­do y, por en­de, per­mi­te te­ner gran­des pen­sa­mien­tos.

Moulin Rouge, Baz Luhrmann, 2001

¡El AMOR na­ce en ha­bi­ta­cio­nes en­ci­ma de ele­fan­tes! (Mou­lin Rou­ge, de Baz Luhr­mann, 2001)

La ex­cep­ción a es­tos áti­cos la en­con­tra­ría­mos en los áti­cos que son co­mo al­ti­llos o buhar­di­llas.

LISA SIMPSON - ALTILLO - ÁTICO

En Los Sim­pson ha si­do re­cu­rren­te el uso del al­ti­llo pa­ra dis­tin­tos mo­men­tos de te­rror.

Son co­mo só­ta­nos: lu­ga­res os­cu­ros, a los que no se sue­le ac­ce­der pa­ra na­da, sal­vo pa­ra de­jar tras­tos vie­jos… y ahí se es­con­den mu­chos se­cre­tos.

Por ejem­plo, en la no­ve­la –adap­ta­da a la pe­que­ña y gran pan­ta­lla en va­rias oca­sio­nes– Flo­res en el áti­co, di­cho lu­gar es la es­tan­cia don­de en­cie­rran a los ni­ños. Y has­ta aquí pue­do leer…

But si­ga­mos con las ca­sas, en ge­ne­ral:

Las ca­sas gran­des, lu­mi­no­sas y lim­pias se co­no­cen co­mo «ca­sas cá­li­das».

COSAS DE CASA

Ca­sas cá­li­das en te­le­vi­sión: las de sit­com, co­mo Co­sas de ca­sa. (Fa­mily Mat­ters, 1989–1997, pa­ra CBS).

Mo­lan mu­cho, por­que tie­nen es­tan­cias su­fi­cien­tes co­mo pa­ra que to­dos sus ha­bi­tan­tes pue­dan te­ner tan­to un es­pa­cio per­so­nal –su ha­bi­ta­ción, su ta­ller– co­mo uno pa­ra com­par­tir con los de­más –el co­me­dor, la sa­li­ta, etc.

Los pro­ble­mas que pue­da haber en esta psique no son tan gran­des co­mo pa­ra im­pe­dir, o tras­to­car, el desa­rro­llo de sus ha­bi­tan­tes. Pue­den sa­lir al mun­do y vol­ver cuan­do quie­ran, que ahí es­ta­rá su ho­gar es­pe­rán­do­los.

Allí po­drán com­par­tir sus ex­pe­rien­cias, re­fle­xio­nar y sa­nar lo que ha­ga fal­ta.

¡Pe­ro aquí ha­blá­ba­mos de ca­sas mal­di­tas!

En opo­si­ción a la «ca­sa cá­li­da» es­tá «la ca­sa te­rro­rí­fi­ca»: un in­mue­ble en rui­nas y don­de ape­nas en­tra la luz del sol.

Un lu­gar re­ple­ga­do en sí mis­mo, que no mi­ra al ex­te­rior sino es con odio y des­con­fian­za.

Nor­mal­men­te, es­tá a pe­tar de ob­je­tos vie­jos y su­cios, sím­bo­los de los trau­mas y de­bi­li­da­des de sus ha­bi­tan­tes.

Las ca­sas te­rro­rí­fi­cas sue­len usar­se pa­ra ha­blar de la cul­pa y del mie­do. De la ne­ga­ción de una psi­que a se­guir ade­lan­te tras un acon­te­ci­mien­to do­lo­ro­so.

Así, la ca­sa de­ja de ser un ni­do aco­ge­dor, del cual sa­lir y en­trar li­bre­men­te, pa­ra ser una cár­cel.

WHITE HOUSE

Ca­sa te­rro­rí­fi­ca: un ejem­plo. 😜

Bueno, ya ha­bréis adi­vi­na­do en qué ca­te­go­ría en­tra Hill Hou­se, ¿ver­dad?

Bueno, ¡pues los Crain no lo adi­vi­na­ron!

No su­pie­ron que com­pra­ban una men­te en­fer­ma, atra­pa­da en ideas y emo­cio­nes que dan vuel­tas y vuel­tas so­bre sí mis­mas, re­pi­tien­do una y otra vez pa­tro­nes da­ñi­nos.

Lo que vie­ne sien­do una ca­sa lle­na de…

FANTASMAS A GO-GO

Se­gún el fi­ló­so­fo y teó­lo­go Jean Che­va­lier, un fan­tas­ma es la re­pre­sen­ta­ción de un as­pec­to del yo que es­tá en­te­rra­do en el in­cons­cien­te.

O sea, co­mo de­cía an­tes, una idea o pen­sa­mien­to que te­ne­mos den­tro, pe­ro que no sa­be­mos que te­ne­mos.

Y, cla­ro, cuan­do apa­re­ce… ¡asus­ta!

Yo me atre­vo a aña­dir al­go de mi pro­pia co­se­cha: si­guien­do eso de que la ener­gía no se des­tru­ye, sino que se trans­for­ma, di­ría que un fan­tas­ma es un as­pec­to psí­qui­co que ha que­da­do con­ge­la­do, que no se ha trans­for­ma­do co­mo los de­más as­pec­tos psí­qui­cos.

STOP DESINFORMACIÓN

Stop des­in­for­ma­ción: re­pi­to, ¡es teo­ría pro­pia! Si al­go es co­sa mía, os lo di­ré siem­pre.

Ese as­pec­to –o as­pec­tos– des­co­no­ci­do y con­ge­la­do iría en con­tra de nues­tro desa­rro­llo per­so­nal.

Y se pre­sen­ta­ría ba­jo va­rios for­ma­tos:

a) El re­cuer­do de aque­lla vez que nos pe­ga­mos una le­ña en el co­lum­pio, y ya no nos atre­ve­mos a su­bir­nos a na­da pa­recido. O esa voz en nues­tra ca­be­za que re­pi­te siem­pre el mis­mo dis­cur­so ca­tas­tró­fi­co.

Va­mos, un Ago­rer en po­ten­cia:

¿Quién no co­no­ce a es­te en­tra­ña­ble per­so­na­je de Mu­cha­cha­da Nui, in­ter­pre­ta­do por Er­nes­to Se­vi­lla?

b) La su­pre­sión de un re­cuer­do, o sea, de una ex­pe­rien­cia vi­vi­da que ha trans­for­ma­do to­do a nues­tro al­re­de­dor y que pue­de trans­for­mar­nos a no­so­tros. Pe­ro, co­mo no podemos/queremos di­ge­rir­la, la ba­rre­mos ba­jo la al­fom­bra.

LOS OTROS

Por ejem­plo, Gra­ce y sus ne­nes, atra­pa­dos en la os­cu­ri­dad más tiem­po del ne­ce­sa­rio, en Los Otros, de Ale­jan­dro Ame­ná­bar, (2001).

c) El asun­to pen­dien­te. ¡Un clá­si­co en las his­to­rias de es­pí­ri­tus! Al­go que te im­pi­de cen­trar­te en el pre­sen­te. Co­mo cuan­do pien­sas “ten­dría que ha­ber ido al sú­per, nen”, pe­ro no has ido, y aho­ra no pue­des ras­car­te los ba­jos en paz.

CASPER

¡Exi­jo un spin-off de es­tos tres pa­ra sa­ber qué asun­tos pen­dien­tes te­nían!  (Cas­per, de Brad Sil­ber­ling, 1995)

En de­fi­ni­ti­va: los fan­tas­mas ven­drían a ser mos­qui­tos dan­do vuel­tas por tu men­te, y a ve­ces pi­can. Va­mos, unos to­ca­pe­lo­tas.

Bueno, pues la es­po­sa del ni­ño ya-no-tan-ni­ño de E.T, Oli­via Crain, es una per­so­na que cap­ta a los fan­tas­mas.

HOUSE HILL ESCENA

¡Se­cre­ti­tos a la ore­ja, co­sas de vie­ja!

Pue­de ver­los.

Y em­pie­za a re­la­cio­nar­se con ellos.

¿Y qué le di­cen esos fan­tas­mas?

Pues que Hill Hou­se es un lu­gar que pue­de pro­te­ger a sus re­to­ños del mun­do de allá afue­ra. De los ve­ci­nos im­bé­ci­les, los je­fes neo­li­be­ra­les y los mé­di­cos in­com­pe­ten­tes.

Mien­tras es­to su­ce­de, el es­pec­ta­dor no sa­be si Hill Hou­se es­tá me­tien­do esa idea de que el mun­do es un lu­gar pe­li­gro­so y cruel en la men­te de Oli­via… o si la bue­na mu­jer ya lo pen­sa­ba de an­tes, y el he­cho de es­tar en una cho­za vie­ja y ais­la­da se lo agu­di­za.

Sea co­mo sea, Oli­via em­pie­za a ca­li­fi­car la vi­da co­mo un «mal sue­ño».

¡Y de­ci­de que sus hi­jos no van a vi­vir en una pe­sa­di­lla!

HILL HOUSE DESAYUNO

Si ha­béis vis­to la se­rie, ¡so­bran pa­la­bras!

LA MALA MADRE

Oli­via no quie­re que sus hi­jos –en es­pe­cial Lu­ke y Nell, los ben­ja­mi­nes de la ca­sa– su­fran las pe­nu­rias de la vi­da. Pa­ra eso, va a ase­gu­rar­se de que no sal­gan al mun­do. Va a pa­rar su desa­rro­llo y te­ner­los con ella… pa­ra siem­pre.

Aun­que las in­ten­cio­nes pue­dan ser no­bles, es­to la ca­li­fi­ca­ría de «ma­la ma­dre».

¿Sa­béis lo que es?

ANUNCIO ANTIGUO - ESTEREOTIPOS DE MADRE

¡Vi­van los es­te­reo­ti­pos! 😱

A la idea de ma­dre sue­len ir aso­cia­dos con­cep­tos bue­nos: amor in­con­di­cio­nal, re­fu­gio, ali­men­to, etc. Es­to es, a gran­des ras­gos, el ar­que­ti­po de «bue­na ma­dre». Ha si­do ado­ra­da por las re­li­gio­nes, en­sal­za­da en pro­pa­gan­da po­lí­ti­ca y, bueno, ¿aca­so no se lla­ma «ma­dre pa­tria» a los paí­ses?

Pe­ro una co­sa es la ma­dre co­mo sím­bo­lo, co­mo idea… y otra, la ma­dre de car­ne y hue­so.

El ser hu­mano tie­ne blan­cos, ne­gros, gri­ses y to­dos los co­lo­res del ar­co iris.

Así que la ma­dre hu­ma­na no tie­ne por qué amar in­con­di­cio­nal­men­te, ni ser un re­fu­gio cuan­do nos va mal, ni pro­veer ali­men­to emo­cio­nal o fí­si­co, etc.

Se­gún la psi­có­lo­ga Da­nie­la F. Sieff, esta reali­dad se ha ocul­ta­do de tal mo­do que pa­re­ce que no exis­ta, y las mu­je­res pa­de­cen una te­rri­ble pre­sión cuan­do sien­ten in­di­fe­ren­cia ha­cia su be­bé, ce­los o re­cha­zo.

Lás­ti­ma que, al me­nos en el te­rreno psi­co­ló­gi­co, las co­sas pue­den es­con­der­se pe­ro no eli­mi­nar­se.

Margaret White, played by Piper Laurie, comforts her daughter Carrie, played by Sissy Spacek, in Brian De Palma's horror film 'Carrie', 1976. (Photo by Silver Screen Collection/Getty Images)

Que se lo di­gan a Ca­rrie Whi­te. ¡Brrr, que mal kar­ma de pe­li!
(Ca­rrie, de Brian de Pal­ma, 1976)

Y así han sur­gi­do imá­ge­nes co­mo la de la «ma­la ma­dre», que es aque­lla que no per­mi­te a sus hi­jos ser in­de­pen­dien­tes.

Pue­de in­ten­tar­lo –y lo­grar­lo– de di­fe­ren­tes for­mas.

Pue­de ma­tar fí­si­ca­men­te al be­bé.

O pue­de que el ni­ño cap­te el re­cha­zo de su ma­dre e in­tro­yec­te la idea de que, co­mo ser vi­vo, no va­le dos du­ros en cal­de­ri­lla.

O pue­de ser po­se­si­va y em­pon­zo­ñar to­da re­la­ción ex­ter­na que el hi­jo tra­te de cons­truir.

Y esa «ma­la ma­dre», co­mo la «bue­na ma­dre», que­da fi­ja­da en nues­tra psi­que.

TIRA A MAMÁ DEL TREN

Otra ma­dre cues­tio­na­ble: An­ne Ram­sey de Ti­ra a ma­má del tren (Th­row Mom­ma from the Train) de Danny De­Vi­to (1988)

En el ca­so de Oli­via, el pro­ble­ma es la so­bre­pro­tec­ción.

En es­te pun­to, la «ca­sa te­rro­rí­fi­ca» y la «ma­la ma­dre» se tor­nan un so­lo con­cep­to.

Hu­bo un se­ñor in­te­lec­tual en el si­glo XIX, Gas­tón Ba­che­lard, que di­ría: «¡La ca­sa es un sím­bo­lo fe­me­nino!».

Se re­fe­ría a que la ca­sa no es la psi­que así, en plan ge­ne­ral y ase­xua­do. Pa­ra él, era el seno ma­terno.

¿Re­cor­dáis la «ca­sa cá­li­da»? Pues eso se­ría si la ma­dre es­tá de bue­nas. Sino es así, pues «ca­sa te­rro­rí­fi­ca» al can­to.

¿Se tu­vo en cuen­ta es­ta in­ter­pre­ta­ción a la ho­ra de guio­ni­zar la se­rie?

Creo que sí.

Por eso, en Hill Hou­se exis­te La Ha­bi­ta­ción Ro­ja: una es­tan­cia con la puer­ta pin­ta­da del co­lor de la san­gre del par­to. Una gran va­gi­na que per­mi­te la vuel­ta al úte­ro.

Lo que pa­sa es que… de él no sa­les.

La Habitación Roja de Hill House.

La Ha­bi­ta­ción Ro­ja de Hill Hou­se.

«¡Eh! ¡Pa­ra el ca­rro, Cklo!», pue­de que me di­gáis los que ha­béis vis­to la se­rie.

Y es que en un mo­men­to da­do, Ste­ve Crain –uno de los hi­jos– , afir­ma que La Ha­bi­ta­ción Ro­ja era «el co­ra­zón de la ca­sa». Nell Crain, otra hi­ja, la lla­ma «el es­tó­ma­go».

En­ton­ces, ¿en qué que­da­mos?

¿Ese cuar­to es un úte­ro, un co­ra­zón, un es­tó­ma­go, o qué?

En mi opi­nión, el co­ra­zón, el es­tó­ma­go y el úte­ro jue­gan aquí el mis­mo pa­pel.

GRABADO ALQUÍMICO

Ro­lli­to al­qui­mia. Ar­tis­ta des­co­no­ci­do.

Los tres, el co­ra­zón, el es­tó­ma­go y el úte­ro, son co­mo un ta­ller al­quí­mi­co a no­so­tros nos gus­ta eso don­de se in­ter­cam­bian ma­te­rias y ener­gías con tal de man­te­ner y desa­rro­llar la vi­da.

En el co­ra­zón se lim­pia la san­gre y se la ha­ce cir­cu­lar, ha­cien­do cir­cu­lar con ella el oxí­geno.

En el es­tó­ma­go, la co­mi­da se con­vier­te en com­pues­tos quí­mi­cos que ge­ne­ran nues­tra ener­gía.

En el úte­ro, se ges­tan be­bés.

En La Ha­bi­ta­ción Ro­ja en­tra­ban los ni­ños Crain a desa­rro­llar­se co­mo per­so­nas: era el cuar­to de los vi­deo­jue­gos pa­ra uno, la sa­la de bai­le pa­ra otra, la ca­si­ta del ár­bol pa­ra un ter­ce­ro… ca­da uno la asi­mi­la­ba a su ma­ne­ra. Y allí se for­ja­ban sus per­so­na­li­da­des. Cre­cían co­mo per­so­nas. Ma­du­ra­ban co­mo in­di­vi­duos.

Pe­ro Oli­via no qui­so que sa­lie­sen de ese re­fu­gio.

Y, cla­ro, eso es ir con­tra na­tu­ra… ¡no po­día aca­bar bien!

HILL HOUSE -- FAMILIA HUYENDO

Apa­ga y vá­mo­nos.

EL MIEDO A LA VIDA

En­trar en Hill Hou­se es co­nec­tar con en el mie­do a la vi­da.

Se­gún Ale­xan­der Lo­wen, pa­dre de la bio­ener­gé­ti­ca, el mie­do a la vi­da es un es­ta­do que pa­ra­li­za el cuer­po, lo in­sen­si­bi­li­za… y po­co a po­co, este se tor­na una co­ra­za sin ape­nas ca­pa­ci­dad de dar o re­ci­bir.

ALEXANDER LOWEN

Es­te es Lo­wen. ¡Hay que re­co­no­cer que su­po sa­car­le ju­go a es­to de la Bio­ener­gé­ti­ca! 😜

El cuer­po pa­sa a ser esa «ca­sa te­rro­rí­fi­ca» con las per­sia­nas echa­das, cu­bier­to de pol­vo y ha­bi­ta­do por fan­tas­mas.

La psi­que que­da en­claus­tra­da y se lle­na de ideas co­rrien­do en círcu­los.

Lo­wen de­cía que to­dos te­nemos ese miedo.

Amar al­go o a al­guien, lu­char, bus­car, nos co­lo­ca en una po­si­ción vul­ne­ra­ble.

Por eso cuan­do es­ta­mos tris­tes res­pi­ra­mos más su­per­fi­cial­men­te.

O cuan­do te­ne­mos mie­do, hun­di­mos el pe­cho y blo­quea­mos ar­ti­cu­la­cio­nes.

Ce­rra­mos las puer­tas y ven­ta­nas. Nos in­ten­ta­mos pro­te­ger de mil for­mas.

Es una reac­ción hu­ma­na. Pe­ro ¿a qué pue­de con­du­cir­nos?

CKLONCLUSIÓN

No hay du­da de que el mun­do pue­de ser ate­rra­dor.

Y deses­pe­ran­te.

Y as­que­ro­so.

Y…

¿No es nor­mal reac­cio­nar ne­ga­ti­va­men­te a to­do eso?

Hoy día te di­cen que son­rías aun­que es­té a pun­to de vio­lar­te una ca­bra lo­ca, co­mo si tu­vié­ra­mos el mal­di­to Sín­dro­me de An­gel­man.

RALPH WIGGUM

¡Ho­la! ¡Me creo los li­bros de au­to­ayu­da!

Se nie­ga lo ne­ga­ti­vo.

¡Tra la lá, si no lo mi­ro no exis­te!

Pa­ra mí que to­do eso es una cul­tu­ra de la co­bar­día.

El ver­da­de­ro mie­do a la vi­da es ne­gar su par­te os­cu­ra.

Si una no­che te en­cuen­tras en Hill Hou­se, no te­mas. No es­tás so­lo: to­dos he­mos dor­mi­do allí al­gu­na que otra no­che.

So­lo re­cuer­da que no es un ho­gar.

Si me lees des­de una de sus ha­bi­ta­cio­nes: de­seo que, co­mo los ni­ños Crain, en­cuen­tres tu ho­gar de ver­dad.

PUERTA A OTRO MUNDO MEJOR

Pue­de que vuel­vas a esa vie­ja man­sión más de una vez en tu vi­da.

Pe­ro ca­da vez la te­me­rás me­nos, por­que co­no­ce­rás sus pa­si­llos y re­co­ve­cos. Sa­brás có­mo ma­ne­jar a los fan­tas­mas. Có­mo pre­pa­rar un té de ver­dad. Y lo más im­por­tan­te: ten­drás las lla­ves que abri­rán to­das las puer­tas.

Sí, en­con­tra­rás tu ho­gar.

Y pen­sa­rás: «Es­toy en ca­sa… por fin, en ca­sa».

Y se­rá ver­dad.

¡Gra­cias por leer­me, bo­ni­cos!

Cklo La­be­lla

Si­gue a Attannur en Ins­ta­gram o en Fa­ce­book.

MATERIAL CKLONSULTADO

Anato­mía del guión, de John Truby (Al­ba Edi­to­rial, 2009)

Dic­cio­na­rio de los Sím­bo­los, de Jean Che­va­lier (Her­der, 2018)

El dra­ma del ni­ño do­ta­do, de Ali­ce Mi­ller (Tus­quets Edi­to­res, 2015)

El cuer­po nun­ca mien­te, de Ali­ce Mi­ller (Tus­quets Edi­to­res, 2005)

The Death Mot­her as Nature’s Sha­dow: In­fan­ti­ci­de, Aban­don­ment, and the Co­llec­ti­ve Un­cons­cious, Psy­cho­lo­gi­cal Pers­pec­ti­ves, de Da­nie­la F. Sieff (2019) (Ar­ticu­lo en In­glés)

Mie­do a la vi­da, de Ale­xan­der Lo­wen (Edi­to­rial Pa­pel de Liar, 2009)

La mal­di­ción de Hill Hou­se, de Shir­ley Jack­son (Val­de­mar, 2008)

La mal­di­ción de Hill Hou­se (se­rie de Net­flix)