creaciones y servicios artísticos

Autor: Hidalga Erenas

En un pasado futuro, surgió de las profundidades de los abismos negros de locura un sujeto llamado, entre otras formas, Hidalga Erenas. Como no sabía quién era, decidió emprender un viaje en busca de sí mismo. En ese viaje se encontró con los seres monstruosos que acechaban en los sombríos rincones de su mente. Afortunadamente para él, en un momento de crisis existencial se le apareció su propio niño interior, el cual le explicó que la única forma de enfrentarse a los monstruos era usando el poder de la imaginación. Y así lo hizo. O eso cree que recuerda que hizo. Sea como sea, el viaje en busca de sí mismo y la lucha contra las sombras terminará el día en el que el sol no vuelva a asomarse por el horizonte nunca más. Por eso, en la actualidad, Hidalga Erenas vive y sobrevive recluido en una apartada cueva en la que se dedica a transmutar sus pensamientos en palabras, sonidos, dibujos y otros elementos materiales e inmateriales, con el objetivo de conseguir la fórmula para fusionarse con sus bestias interiores y renacer convertido en un ser cósmico, incorpóreo y atemporal. Sabe que esta es una ardua tarea, pero también sabe que, si no lo consigue, al menos tendrá la conciencia tranquila por haberlo intentado.

TERRY PRATCHETT

TERRY PRATCHETT - EL COLOR DE LA MAGIA

–¿Qué es lo que más le gus­ta a los héroes?
–¿El oro?
–No. Quie­ro de­cir de verdad.
(…)
–Lo que más le gus­ta a los hé­roes son ellos mismos.

El co­lor de la ma­gia [The Co­lour of Magic]
(1983)

Terry Prat­chett

¡Ah!, Terry Prat­chett, el maes­tro de la fan­ta­sía, el hu­mor y la fi­na crí­ti­ca social.

He­mos es­co­gi­do es­te diá­lo­go, ex­traí­do de El co­lor de la ma­gia, por­que es un tex­to genial.

LA SUPRAIDEA

Ho­la, soy Hi­dal­ga Ere­nas y, en es­te ar­tícu­lo, ha­bla­ré so­bre al­go que es­tá en las his­to­rias, pe­ro que no se ve a sim­ple vista.

Al­go que tam­bién es­tá en nues­tras his­to­rias, sí, aun­que no pen­se­mos en ello.

Y que es con­ve­nien­te co­no­cer­lo pa­ra do­mi­nar­lo mejor.

Me es­toy re­fi­rien­do a la su­pra­idea, tam­bién co­no­ci­da (en­tre otras for­mas) co­mo ar­gu­men­to moral:

ROBERT ERVIN HOWARD

ROBERT ERVIN HOWARD 001

Pue­de so­nar ex­tra­ño vin­cu­lar el tér­mino «rea­lis­mo» a Co­nan; pe­ro, de he­cho (de­jan­do de la­do sus aven­tu­ras so­bre­na­tu­ra­les), es el per­so­na­je más rea­lis­ta que he de­sa­rro­lla­do. Es la com­bi­na­ción de un nú­me­ro de hom­bres que he co­no­ci­do (…) {par­te elu­di­da: y creo que por eso mi cons­cien­cia ma­du­ró cuan­do es­cri­bí el pri­mer cuen­to de la se­rie. Al­gún me­ca­nis­mo en mi in­cons­cien­te co­gió los ras­gos ca­rac­te­rís­ti­cos de va­rios} bo­xea­do­res, pis­to­le­ros, con­tra­ban­dis­tas, ma­to­nes de los cam­pos de pe­tró­leo, ju­ga­do­res y tra­ba­ja­do­res ho­nes­tos con los que he es­ta­do en con­tac­to, y com­bi­nán­do­los, pro­du­je la amal­ga­ma que yo lla­mo Co­nan el Cimmerio.

Ro­bert Er­vin Howard
en una car­ta en­via­da a Clark Ash­ton Smith
(23 de ju­lio de 1935)

Es­te ex­trac­to, de una car­ta en­via­da a Clark Ash­ton Smith, es so­lo una pe­que­ña mues­tra de có­mo Ro­bert Er­vin Ho­ward tra­ba­jó y for­jó su per­so­na­je más em­ble­má­ti­co: Co­nan el Bár­ba­ro.

CUIDANDO LA PROSA MIENTRAS ESCRIBES

CUIDANDO LA PROSA MIENTRAS ESCRIBES

Ho­la, soy Hi­dal­ga Ere­nas y os trai­go es­te bre­ve con­se­jo na­rra­ti­vo, el pri­me­ro de unos cuan­tos que va­mos a ir publicando.

CUI­DAN­DO LA PRO­SA MIEN­TRAS ESCRIBES

Cuan­do te de­di­cas a la na­rra­ti­va, cui­dar la or­to­gra­fía, la gra­má­ti­ca, la sin­ta­xis, etc. es muy importante.

Pe­ro hay que de­jar­lo pa­ra lo último.

Pri­me­ro hay que es­cri­bir sin preo­cu­par­se de na­da, sal­vo de la his­to­ria que quie­res contar.

Ya ha­brá tiem­po pa­ra co­rre­gir y re­vi­sar la prosa.

Hay que de­cir que pue­de pa­re­cer pa­ra­dó­ji­co que es­te con­se­jo, so­bre des­preo­cu­par­se por la pro­sa mien­tras se es­cri­be, lo dé yo.

¿Por qué?

MICHAEL MOORCOCK

MICHAEL MOORCOCK - AFORISMO

Me veo a mí mis­mo co­mo un mal es­cri­tor con gran­des ideas, pe­ro lo pre­fie­ro a ser un gran es­cri­tor con ma­las ideas.

Mi­chael Moorcock

Des­de lue­go, Mi­chael Moor­cock no se­ría un es­cri­tor muy no­ta­ble si no fue­ra por­que en su ha­ber tie­ne la crea­ción de va­rios uni­ver­sos y per­so­na­jes emblemáticos.

Ha cul­ti­va­do, de for­ma pro­lí­fi­ca, la es­pa­da y bru­je­ría, la fan­ta­sía clá­si­ca, la cien­cia fic­ción blan­da e in­clu­so ese cru­ce co­no­ci­do co­mo sci-fan­tasy (tra­du­ci­do al es­pa­ñol co­mo cien­cia fic­ción fan­tás­ti­ca o cien­cia fan­tás­ti­ca o, de for­ma me­jor adap­ta­da, fan­ta­cien­cia, un tér­mino caí­do en desuso –en par­te por su am­bi­güe­dad– pe­ro que si­gue sir­vien­do pa­ra de­fi­nir mu­cha de esa su­pues­ta cien­cia fic­ción que tie­ne más de fan­ta­sía que de ciencia).

EL MITO DEL HÉROE CONTRA EL DRAGÓN

dragon-762166_1280_by_PietroP86_pixabay

Fo­to­gra­fía de una es­ta­tua de uno de los dra­go­nes del Puen­te de los Dra­go­nes (Es­lo­ve­nia), por PietroP86 (Pi­xa­bay).

Ho­la. Soy Hi­dal­ga Ere­nas y en es­te ar­tícu­lo voy a ana­li­zar mi­to del hé­roe con­tra el dra­gón a lo lar­go de los tiem­pos y sus apli­ca­cio­nes en la fic­ción moderna.

Los dra­go­nes (del grie­go δρακων, dra­kon, «ví­bo­ra» o «ser­pien­te») y, por aso­cia­ción, las ser­pien­tes y rep­ti­les, es­tán en el in­cons­cien­te co­lec­ti­vo del ser hu­mano des­de el prin­ci­pio de la historia.

Di­cho lo an­te­rior, co­men­ce­mos:

EL APOCALIPSIS QUE DESTRUYÓ EL MUNDO — 2

En las una no­ta an­te­rior em­pe­cé a con­je­tu­rar so­bre có­mo pu­do ser el apo­ca­lip­sis.

Photo by T. Chick McClure on Unsplash

Nue­vo re­fu­gio. El otro era me­jor, pe­ro en es­te, al me­nos, no hay una pla­ga de ra­tas car­ní­vo­ras. [Ima­gen: T. Chick Mc­Clu­reUns­plash]

Pe­ro tu­ve que pa­rar por­que es­cu­ché unos rui­dos fue­ra de mi refugio.

Al fi­nal no eran más que un par de ra­tas carnívoras.

Sí, las ra­tas car­ní­vo­ras son pe­li­gro­sas.

Aun­que no tan­to co­mo po­dría ha­ber si­do una ban­da de ca­ní­ba­les o una jau­ría de pe­rros salvajes.

Esos te si­guen allá don­de vayas…

Pe­ro ese no es el tema.

Aho­ra, que vuel­vo a es­tar en un lu­gar tran­qui­lo, re­to­mo la cues­tión del apo­ca­lip­sis. 

Es­te es el dia­rio de H.E.81, ex­plo­ra­dor y bus­ca­dor de conocimiento.

Lle­vo años re­co­pi­lan­do y es­tu­dian­do to­do aque­llo que pue­da apor­tar in­for­ma­ción so­bre la Épo­ca An­te­rior al Colapso.

Co­mo ya di­je, dis­pon­go de más do­cu­men­tos en los que se re­co­gen y es­pe­ci­fi­can otro ti­po de for­mas en las que pu­do lle­gar el mun­do a su fin.

Y voy a ana­li­zar­las a con­ti­nua­ción:

EL APOCALIPSIS QUE DESTRUYÓ EL MUNDO

Con­tem­plo el de­so­la­dor pai­sa­je mien­tras ima­gino có­mo de­bió ser el apocalipsis.

En mis ex­pe­di­cio­nes he en­con­tra­do to­do ti­po de do­cu­men­tos antiguos.

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Vehícu­lo de la Épo­ca An­te­rior. No fun­cio­na [Ima­gen: Chris­topher BurnsUns­plash]

Gra­cias a esos do­cu­men­tos, he des­cu­bier­to que exis­tie­ron zo­nas en las que abun­da­ban ár­bo­les y ani­ma­les. Y que las ciu­da­des, re­ple­tas de lu­ces ar­ti­fi­cia­les res­plan­de­cien­do no­che y día, es­ta­ban ha­bi­ta­das por mi­llo­nes de personas.

Pe­ro eso fue an­tes del Colapso…

Es­te es el dia­rio de H.E.81, ex­plo­ra­dor y bus­ca­dor de conocimiento.

Lle­vo años re­co­pi­lan­do y es­tu­dian­do to­do aque­llo que pue­da apor­tar in­for­ma­ción so­bre la Épo­ca An­te­rior al Colapso.

En las no­tas que si­guen, con­je­tu­ro so­bre qué y có­mo pu­do ser lo que des­tru­yó el mundo.

Hidalga Erenas

Hidalga Erenas || Autoretrato cósmico

Hi­dal­ga Ere­nas || Au­to­re­tra­to cósmico

En un pa­sa­do fu­tu­ro, sur­gió de las pro­fun­di­da­des de los abis­mos ne­gros de lo­cu­ra un su­je­to lla­ma­do, en­tre otras for­mas, Hi­dal­ga Ere­nas.

Co­mo no sa­bía quién era, de­ci­dió em­pren­der un via­je en bus­ca de sí mismo.

En ese via­je se en­con­tró con los se­res mons­truo­sos que ace­cha­ban en los som­bríos rin­co­nes de su mente.

Por suer­te pa­ra él, en un mo­men­to de cri­sis exis­ten­cial se le apa­re­ció su pro­pio ni­ño in­te­rior, el cual le ex­pli­có que la úni­ca for­ma de en­fren­tar­se a los mons­truos era usan­do el po­der de la imaginación.

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